Olga Olivera-Tabeni



Contando árboles. 2019-26. Vídeo de 22:28 min. En Contrapastoral, arte y campesinado. Comisariada por Pau Minguet. Museu Morera. Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Lleida.
Caminar bajo el cielo abierto de la llanura de Lleida, allí donde la niebla del invierno se transmuta en un calor asfixiante y el polvo de los caminos se adhiere a la piel, es un acto físico que roza la resistencia. En este escenario entregado a la dictadura del capitalismo agrario que elimina viejos árboles mientras introduce nuevas modalidades a menudo poco adaptadas al entorno y a las circunstancias, se producen acciones que pueden parecernos puramente surrealistas.
Contando árboles se expone en la periferia, un lugar al que he intentado dar luz y valor una y otra vez. Un espacio desde el que pensar aquello que queda al margen, lo real. Porque es precisamente en este lugar donde he sido situada repetidamente, tanto por los territorios como por mi propia historia personal. Pero dejemos mi historia, que crea una fuerza centrípeta de la que no puedo ni quiero escapar. Quién sabe dónde estaría ahora si no fuera así.
Porque clavar el cuerpo en el margen, permanecer allí durante horas bajo la insolación del verano, es entender que la fuerza del margen puede llegar a ser titánica.
Es una acción pura, conceptual, racionalista, la de la numeración matemática, pero al mismo tiempo contiene una fuerza que nace de una pulsión casi quijotesca: recorrer a pie los caminos de Poniente para contar e inventariar cualquier cosa, un plátano o los restos de un árbol talado que casi se ha convertido en escultura. Habría artistas que fabricarían artificialmente esta forma real dentro de los modelos representacionales y caducos del arte.
La obra imita una cierta literalidad corporativa, pero al mismo tiempo la rehúye. El árbol, el símbolo, el arquetipo, acaba rompiendo la acera, a veces de manera incómoda, casi impronunciable, o se convierte en un par de muletas dalinianas. También aparecen nubes que después desaparecen bajo capas de retoque fotográfico. O un fondo que nos llama...
Y, sobre todo, está la acción absurda e incoherente de contar árboles. ¿Podemos saber cuántos hay? ¿Tiene realmente sentido contarlos? ¿Es realmente posible hacerlo?
El arte es eso: un momento de fricción. No dice, ni deja decir. Ni es, ni no es.
Y cuanto más te adentras en él, más entiendes esta posición. La posición de la sencillez, que no es lo mismo que superficialidad. Susan Sontag hablaba de la contrainterpretación, de dejar sencillamente que las obras sean. Quizá esto sea especialmente importante en un momento de tanto ruido de publicidad directa y mediación pedagógica. Nuestra sociedad parece encontrarse todavía en una posición muy inmadura, como la del adolescente que todavía brama para llamar nuestra atención.
Y hablo de pedagogía desde una posición que puedo sostener, desde una vida dedicada a ella. Pero también desde mi historia familiar. Del arte, en este país, no se puede vivir y esta es una gran carencia de la que habría que hablar largo y tendido.
Esta obra es sencillamente eso: contar árboles. Uno, dos, tres, veinte o cincuenta mil. Algo aparentemente fácil y, al mismo tiempo, tremendamente complejo. El arte necesita tiempo largo, horas de trabajo duro, proceso, madurez, incomodidad y constancia. Nadie dudaría de que, para comprender a Mozart o asistir a una ópera, necesitamos acostumbrar el oído a determinadas audiciones. Hoy algunos llaman a eso elitismo, en ese miedo constante que tenemos a no parecer suficientemente modernos, sin saber muy bien qué significa realmente ser modernos. Todas las épocas quisieron ser modernas a su manera. O quizá se trate simplemente de caer una y otra vez en lo de siempre. La historia, por desgracia, está llena de momentos débiles.
Y un par de apuntes más: conviene vigilar qué hacemos con este margen de fuerza tremenda, porque, al estar alejado del centro, también puede volverse demasiado laxo. Quizá alguien debería hablar de esa fuerza y de sus peligros, de sus desdibujamientos.
Y todavía me gustaría decir que el arte conceptual no es matemático ni frío, ni necesariamente dirige la mirada contra la pulsión emotiva. Que no nos engañen las superficialidades: ambas realidades pueden convivir. La pulsión de Contando árboles surge precisamente de una vida dura y punzante, frente a los terrones de la tierra de mi casa.
Olga Olivera-Tabeni
P. D. Estoy muy contenta de tener mi obra en diálogo con la de Olga Sacharoff y, sobre todo, con la de Hernández Pijuan. Es un honor compartir este espacio con un artista que ha sido un referente para mí desde mi etapa de estudiante en la Facultad de Bellas Artes.